A mediados de la década de 2000, el deathcore era un fenómeno en plena explosión impulsado principalmente por MySpace, donde la mitad de la escena parecía más preocupada por arreglarse el fleco y copiar riffs del death metal de Gotemburgo que por realmente ponerse a componer y proponer. Es entonces cuando seis tipos oriundos de Knoxville, Tennessee, decidieron arrojar un ladrillo por la ventana de la música extrema: The Somatic Defilement (2007). En mi opinión, Whitechapel no se subió a la ola de moda para encajar; simplemente agarró el subgénero, lo metió a un sótano y cerró la puerta por dentro. Lo que sucedió después lo cuentan las propias canciones del álbum que grabaron.
Revisando las referencias en internet por aquí y por allá, encontré que el disco es un trabajo conceptual centrado en los asesinatos de Jack el Destripador sucedidos en el distrito londinense de Whitechapel en 1888. En lugar de caer en las típicas letras de gore que ya habían saturado el brutal death metal, la banda optó por un enfoque clínico. Con solo dar una leída rápida, se nota que las letras parecen reportes funerarios recitados sin tapujos; en cada canción se disecciona un caso real utilizando terminología anatómica precisa que ayudó evidentemente a que los breakdowns aparecieran de manera natural.
Un factor que separó a este álbum del resto fue la presencia de Phil Bozeman en el micrófono. Con solo 21 años, su manera de cantar estaba lejos de los agudos rasgados y excesivos que dominaban el deathcore de la época para enfocarse en un registro gutural muy profundo y con una articulación clara. Hasta donde pude investigar y notar, no hicieron grandes trucos de estudio ni arreglos para encubrir carencias técnicas; fue puro control de diafragma y dicción rápida que sonaba como un motor arrancando en seco.
En la parte instrumental, Whitechapel se decantó por una alineación de tres guitarras (Alex Wade, Ben Savage y Brandon Cagle), algo poco usual que, afortunadamente, como banda supieron administrar perfectamente. Aquí, las tres liras se usaron estrictamente para generar peso, afinaciones graves y mucha densidad. Los riffs se alimentaron directamente del death metal noventero y el grindcore, estructurados sin la necesidad de meter un corte lento nada más para ver si los morros se animaban a hacer un poco de karate en el pit.
“Vicer Exciser”, “Prostatic Fluid Asphyxiation” y la canción homónima marcan la anatomía general de todo el álbum. Los cambios de tempo son constantes, transitando entre blast beats secos y pasajes lentos, sofocantes y pesadísimos que no te dan respiro. No hay intros acústicas de relleno ni descansos melódicos para reflexionar sobre la vida; es media hora de merita contundencia.
Originalmente lanzado bajo el sello independiente Candlelight Records en julio de 2007, el disco se grabó con Miah Lajeunesse en The Sound Lab. Años después, en 2013, Metal Blade reeditó el material con una remezcla y remasterización a cargo de Mark Lewis que le dio a los graves más presencia.
Con el paso del tiempo, The Somatic Defilement funcionó como un puente legítimo entre los puristas del death metal (que por defecto veían con desprecio cualquier cosa con el sufijo “-core”) y la nueva generación de fans de la música extrema. Whitechapel se ganó el respeto de los sectores más conservadores sin necesidad de discursos ni poses de mamador; lo demostraron con música y ya.
Casi veinte años después de su salida, este debut se mantiene como un referente de cómo presentar una identidad clara desde el primer track. A diferencia de muchos discos de su época que envejecieron como simples álbumes que causan nostalgia, The Somatic Defilement envejeció como un bisturí oxidado pero que sigue cortando en seco.

