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DIMMU BORGIR: HISTORIA Y ACTUALIDAD

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DIMMU BORGIR: HISTORIA Y ACTUALIDAD
Dimmu Borgir

Si alguna vez te sacó de onda por qué una banda de metal extremo trae un nombre que suena a que lo sacaron de un libro de fantasía épica, pues la respuesta a ello está en Islandia. Shagrath, Silenoz y Tjodalh arrancaron con el proyecto por allá de 1993 en Oslo, Noruega, y le pusieron Dimmu Borgir inspirados en unas raras formaciones de lava islandesas. En nórdico antiguo, esa onda significa literalmente “Ciudades Oscuras”. Las leyendas de por allá dicen que esos rascacielos de piedra son ni más ni menos que una entrada al mismísimo infierno. Un nombre apropiado para unos chavos que venían a darle una buena sacudida al metal de su país.

Al principio, la banda se apegó a las reglas del juego de la vieja escuela del black metal noruego. Cantaban en su idioma natal y no querían saber nada de los reflectores comerciales, o al menos eso parecía. Sus primeros discos, For all tid (1995) y el ya clásico Stormblåst (1996), nos dejaban ver a una banda con ganas de hacer ruido chingón, pero que ya traían esa bonita costumbre de meterle teclados que los hacía sonar distintos al resto de agrupaciones que solo querían sonar crudas y rasposas. Era música hecha para andar en las sombras, grabada a lo austero, como para que sintieras el frío del invierno nórdico hasta en los huesos.

Pero el verdadero despegue para ellos, el que los catapultó a las grandes ligas, llegó en 1997 cuando lanzaron el Enthrone Darkness Triumphant. Al firmar con Nuclear Blast, decidieron hacer cambios muy positivos en su alcance comercial: pasaron las letras al inglés, le metieron una buena lana a la producción y dejaron que los sintetizadores llevaran la batuta. Obviamente que a los puristas más cerrados de la escena les dolió esta situación y la vieron como una traición o algo parecido, pero para los demás fue el nacimiento de una fórmula exquisita que los sacó del underground para siempre.

Mantener a este monstruo a flote y avanzando no ha sido nada fácil; la alineación de Dimmu Borgir a veces ha parecido terminal de autobuses con tantas entradas y salidas, aunque Shagrath y Silenoz siempre se han mantenido como los jefes supremos. Por sus filas han desfilado músicos de primer nivel que dejaron huella, como el baterista Nicholas Barker (que metió una velocidad infernal a los tambores), el guitarrista Galder, el tecladista Mustis y, la joya de la corona, el bajista ICS Vortex, que con su voz limpia y operística les dio un toque épico que cualquiera reconoce a kilómetros.

Justo con esta alineación que se podría catalogar como su “dream team”, los noruegos se publicaorn los discos más aclamados y venerados por sus seguidores de todo el mundo: Puritanical Euphoric Misanthropia (2001) y Death Cult Armageddon (2003). Ahí sí dijeron “adiós a los teclados de juguete” y se fueron a grabar con orquestas de verdad, jalando a la Sinfónica de Gotemburgo y a la de Praga. La verdad es que el black metal dejó de sonar a grabación casera en una cueva húmeda, llena de murciélagos y obscura para convertirse en una verdadera banda sonora del apocalipsis digna del cine hollywoodense.

Está claro que no todo es miel sobre hojuelas y el drama también se hizo presente. En 2009, el mundo del metal se sacudió con la salida, para nada amistosa, de ICS Vortex y Mustis. Muchos pensaron que hasta ahí había llegado la época de oro de Dimmu Borgir, pues los dos aportaban un montón a la composición y al sonido de la banda. Pero los noruegos se pusieron a trabajaron, demostraron que aún había tela para cortar y jalaron a músicos de sesión demostrar que las individualidades pesan pero no son imprescindibles en una banda.

Así pues, se reinventaron y sacaron Abrahadabra (2010) y luego, tras un buen rato de tenernos esperando, Eonian (2018). En estos discos se dejaron ir con todo en los arreglos orquestales y corales, llegando a grabar con el famosísimo coro Schola Cantorum de Noruega. Aunque la banda de la vieja guardia siente que ahora lo sinfónico predomina sobre la brutalidad de antes, nadie puede negar que hoy suenan como una máquina que ya no tiene que rendirle cuentas a nadie, o por lo menos es lo que ellos nos quisieran transmitir a los fans.

A estas alturas del partido, el legado de Dimmu Borgir ya está escrito en piedra. Lograron algo que en los noventas sonaba a algo imposible de realizar: agarrar un género extremo, agresivo y marginado, y meterlo a empujones a las listas de popularidad comerciales. Han conseguido varios premios Spellemannprisen (que vienen siendo los Grammys de Noruega) y pasaron de tocar en clubes o bares para cincuenta personas a reventar los festivales más grandes de Europa e incluso salir en la tele abierta.

Toda esta historia llena de obstáculos, cambios de alineación y orquestas apocalípticas está a punto de caer en nuestra cancha para enseñarnos cómo se hace el metal extremo de primer mundo. Si quieres ver cómo retumban en vivo más de tres décadas de black metal sinfónico, la cita obligada es el próximo jueves 3 de diciembre de 2026 en el Velódromo Olímpico de la CDMX. Así que ve rompiendo el cochinito, saca tu playera negra menos rota del clóset y lánzate a vivir una de las noches más atascadas y épicas que vamos a tener en la capital este año.